¿Por qué nos gusta lo que nos gusta?

José Luis Perales se pregunta ¿cómo o por qué los hijos de sus contemporáneos son quienes lo escuchan? La verdad es que no hay una respuesta consolidada, simplemente esas canciones que interpreta nos calan el alma y nos hacen vivir justamente el significado de esa expresión: Calar fuerte, calar hondo, calar en el alma, en ese espacio que aunque no lo sabemos ubicar, tenemos la plenitud de que existe.

Si tuviera a Perales de frente le preguntaría si realmente cree en la inspiración o es preciso vivir suficiente, explorar amor y arañar almas para ser capaz de generar semejantes composiciones que estremecen el alma de cualquiera que tenga un par de audífonos y se deje llevar por la suave melodía que según declaró al Diario El tiempo, salen a la vez que la letra, esas preciosas composiciones cargadas de romance, de amor, de ternura, de Calma –como ha titulado su último disco- que también clama cada vez que sale al escenario para vencer su timidez, la misma que se deduce al ver los pósteres e imaginarlo posando para esas sesiones que dieron como resultado la portada de su último disco.

Aceptar que me gusta Perales es interrogarme sobre las razones por las que me gusta y plantearme la idea si soy la construcción de mi madre, pues ella lo escuchaba y lo sé porque recuerdo haber conversado con ella sobre este sujeto español del que me informé en una mañana de invierno sentada en las gradas de mi casa en Camoapa, mientras esperaba que cargara la página de Wikipedia que se consumía todos mis datos celulares a la velocidad que nunca llegó a cargar la información.

Lo que sí le sabría decir al señor Perales, es que se deje de interrogar por las razones que nos hechiza sin presentarse, solo le pedimos que se deje llevar por la magia que consume a quien lo escucha y le presta atención, a quien se deleita oyendo su preciosa voz y el poco pronunciado acento español, al menos cuando canta a viva voz.

Pensar en los gustos que tenemos, las preferencias que manifestamos y el amor por profesamos por cierta cosa o persona nos induce a preguntarnos por qué esa y no cualquiera de las otras opciones. En lugar de disfrutar la elecciones –al menos las almas retraídas como la mía- valoramos la posibilidad de ser la construcción de otros, de nuestros familiares o personas que pasaron mayor tiempo con nosotros, al final arrastramos sus gustos, terminamos tarareando sus canciones porque la repetición nos indujo a creer que nos gustaba y esa es la respuesta a la extrañada pregunta que me hace amigas de universidad o trabajo de igual edad ¿por qué te gusta la música vieja? Es simple mi respuesta –porque le gustaba a mi vieja- respondo, seguido de un guiño tras recordar las publicaciones sobre el artista español que me inspiró esta entrada “mi viejo te amaba y con tus canciones lo recuerdo con añoranza”.

P.d: Esta entrada la escribí en Febrero que José Luis Perales vino a Nicaragua, pero recién releí el documento y me pareció injusto no compartilo, como también es injusto no compartir esta canción:

Para llegar amarte

Puedo amarte, -tal como lo pedís insistentemente-, si llegás a respetar mi cafeína y mis letras tanto como yo respetaría tu afición porque el anillo de las Américas nos permita transferir los datos que nos proveen el internet. O La internet como una vez te corregí. Ese mismo que hace posible esta conversación a través del WhatsApp. 

-Yo hablándole a un ingeniero en sistemas. (Inserte a continuación emoji del gatito llorando de la risa).

CUANDO NO ALCANZA LA CORDURA

Texto By: Miss Sad Eyes/ Fotografía: Pixabay (Pintura al óleo de Van Gogh).

Suena La Playa de fondo interpretada por La Oreja de Van Gogh: “parece mentira que se escape mi vida imaginando que vuelves” repito al ritmo desganado de la vocalista mientras pienso en la ingenuidad de la vida, en la ingenuidad de las personas, o difícil de aceptar –mi ingenuidad- que es la peor de las desgracias.

He quedado atónita desde el mismo momento en que cambiaron los hechos, sabía que algo pasaba pero ignoraba la magnitud de la situación. Bastan segundos, vientos, ráfagas, aire fuerte, agresivo para que se deje venir una tempestad, una que ni yo misma puedo librar.

En esas circunstancias las aves silvan e inquietas se mueven de un lado a otro, cambian de estancia irracionalmente, de parpadeo en parpadeo, posan de rama en rama mientras las avispas se avecinan a atacar al nefasto que irrumpió su habitad.

La inquietud vuelve irrumpir mis sentidos, mi pasividad consciente. Varias emociones me embargan y me dejo sacudir por los distintos pronósticos. ¿Qué es lo que realmente pasa?, me pregunto tras desistir que me salga bien el copy de la bitácora programada para hoy. La oficina se alarma cuando desde el escritorio del fondo vuelco agresivamente los lápices en la taza que me han obsequiado ¿acaso ellos tienen culpa? Pero me comprenden como lo han hecho desde siempre, acostumbrado a la malhumorada niña –por si no fuera suficiente- malcriada e inconforme, que se enoja aún más cuando no sabe definir su incomodidad. ¿Qué razones me empujan acabar con mi paz? O aún peor ¿cuáles son las verdaderas razones que me niego aceptar por el simple hecho de dificultarme alcanzar la paz? Queda claro que no es nada personal como tararea Gustavo Cerati saliendo de los audífonos, se trata de algo que no está bajo mi control. Pero ¡qué arrecho eso de no incidir directamente sobre lo que nos condena! Se compara con querer mandar a la mierda el tablero de ajedrez cuando la partida está perdida por razones exteriores, ajenas, entrometidas o ingenuas.

-¡La gran puta!- digo para sí misma asombrada interiormente por semejante ofensa que sale de mi boca, mientras arrebatada sonrío por recordar la misma frase obscena en boca de una amiga cuando la conciencia fue persuadida por el alcohol en su sangre. He pasado conteniendo el enojo que llevo encima porque tengo el maldito don de los presentimientos, porque me encanta el riesgo aunque termine maldiciendo las circunstancias.

Porque desde que leo soy menos ignorante y vivo más a conciencia, creyendo imbécilmente en las corazonadas y en mi presencia en los pensamientos de otro, al punto de entrometerse en mis sueños. Porque despierto de madrugada fastidiada cuando me roban la paz incluso en mi descanso y recordándome que la terquedad siempre me ocasiona este tipo de sentimientos que aunque me condenan, me dan golpecitos en el hombro para recordarme que soy un coctel capaz de sentir más.

Inquieta, sigo inquieta al final del día y aún en la oficina, atareada con el trabajo acumulado del día porque la mente ha divagado en las circunstancias y me ha recordado lo hipnótica que puede ser mi presencia ante unos ojos que se reconocen perdidos ante los impulsos y desgraciados ante la razón.

¡Egoistas que somos!

Hoy me enteré que en septiembre vas estar mejor, nueva vida, nueva casa, nueva familia. Pensarlo de esa manera tan estructurado me ocasiona cierto malestar y no sé que pensé, ni que sentí, pero fue extraño saberlo
no sé si es cierto o no, pero alguien muy sabio hizo el comentario
y me sonreí pensando que aveces tengo razón y que mis pensamientos son locos pero encaminados
que al final somos y fuimos como una complicidad
como un secreto
un recuerdo que no queres compartir con nadie y no porque haya sido malo
si no porque sos egoista y no querés compartir la dicha y el buen sentir con nadie
Fin de la conversación
…. *He is writing….

¿A qué precio?

Antes de escribir esta entrada me pregunté si los usuarios de la blogsfera debían leer cada refunfuñadura que digito en Transeúnte Inconsciente y concluí que por alguna razón me alegro no haber tenido un diario.

La extrañeza me revienta los sentidos. ¿Acaso no era yo quien decía que lo que se debe dejar se hace de una y ya? ¡Que todo se supera con disposición y actitud más que con tiempo! Y véanme, sintiéndome de lo peor, sintiendo nostalgia, extrañando relacionarme con vos.

Te he visto, varios días, seguidos. ¡Qué incómodo compartir un mismo espacio cuando hay tensión, cuando hay enemistad! ¡Después de querernos! ¿De verdad nos queríamos? Porque quien nos viera diría que jamás logramos compaginar.

Qué incómodo esto de hacerle creer a los demás que no pasa nada, esto de darles entender que te evito a toda costa cuando al sincerarnos con sí mismos sabemos que no nos engañamos. No encuentro un término que describa a la perfección el malestar que surge al ignorarte, hacer de cuenta y caso que estas ahí como uno más, cuyo interés no se va posar jamás en mis aficiones. Lo irónico es que mi vista, mis sentidos, mi razón, mis sentimientos quieren hacer todo lo contrario.

Resulta gracioso que actuemos como espejo. Sí, porque ambos asumimos el mismo rol, hacemos exactamente lo que al otro no le gusta –eso de no hablarnos, no mimarnos, no estar juntos-.

Entonces me pregunto ¿A qué precio mantener la sobriedad ante los demás? ¿A qué precio mantener las consideraciones de los demás? ¿A qué precio mi imagen sobre mis sentimientos? De nada sirve reconocerlo porque es aún más molesto cuando lo reconozco todo pero no decido revertir nada. Todo este asunto es equiparable a cuando el corrector de Word me subraya una palabra porque faltó una tilde y estando en las facultades de editar con las sugerencias que me facilita hago caso omiso y así decido imprimir.

Por si no es obvio sos el acento que da paticularidad a cada palabra, la tilde que le da entonación, ritmo, respaldo y mayor fuerza de voz.